Hoy, en un domingo de pleno agosto en el que nos vemos obligados a recluirmos en la comodidad de nuestras casas para combatir el calor agobiante, comparto contigo la primera escena de la versión definitiva de mi novela Sólo el pasaporte, para así contribuir a aliviar un poco tus horas de ocio vacacional con un poco de lectura veraniega.

Es un material exclusivo que sólo podrás leer en mi blog de autora, así que estoy emocionada por compartirlo contigo, que serás uno de mis primeros lectores.

Si todo va bien, y la corrección sigue su ritmo, espero publicar a la vuelta de las vacaciones de verano, en Amazon y en versión E-book, cuando nuestras vidas vuelvan a la rutina y necesitemos algo de aventura para sobrellevar las duras tardes de septiembre.

Me encantaría saber tu opinión sobre lo que ya llevo escrito, y si te apetece, puedes ponerme un mensajito (¡qué agradeceré con toda mi alma!).

Por cierto, estoy buscando lectores cero y bloggers para dar a conocer mi obra. Si tienes un blog y quieres hacer una reseña, puedes contactar conmigo. Siempre podrás encontrarme en redes sociales, especialmente en Twitter, así que no dudes en ponerte en contacto conmigo.

Y aquí viene lo prometido: Espero que lo disfrutes 🙂

Carmen S Torres

Lunes 22 de junio. Reflexión evasiva de la madrugada.

Son las cuatro de la mañana y estoy haciendo un esfuerzo titánico por concentrarme: la última semana de exámenes finales se me está haciendo eterna. Tengo a la cafetera haciendo horas extras, y estoy empezando a notar los efectos de ir cargada de café y de Red Bull hasta arriba. A pesar de que la ingesta descontrolada de cafeína y otras sustancias estimulantes legales me mantiene despierta, cuanto más tarde se hace, más bloqueada me siento.

«Sólo uno más, un tema más y lo dejo», me repito una y otra vez para darme ánimos, mientras paso las páginas con desgana y sin poner atención. Sin embargo, a estas alturas, soy consciente de que no hay nada que hacer: suspiro agotada y lanzo el libro contra la pared con rabia. Todo lo que haga a partir de ahora es totalmente inútil. «Necesito unas vacaciones».

Me tumbo en la cama de mi habitación de estudiante y cierro con fuerza los ojos doloridos, mientras me masajeo la frente. Ya lo sé, no existen fórmulas mágicas. Esta es la única manera de pasar los malditos exámenes. Repetición, repetición, repetición. Es lo normal y no soy una novata, pero tras tantas horas de estudio dándole vueltas a la neurona que me queda, llega un punto en que todos los datos que he almacenado se confunden y es cuando empiezo a perder el norte y la motivación.

Ni una sola fecha, corriente política, línea de pensamiento o cita interesante cabe ya en este cerebro a punto de estallar. Gracias, Sócrates, por describir con meridiana claridad el punto exacto en que me encuentro ahora: sólo sé que no sé nada.

Y desde luego Historia Política, la asignatura más hueso del grado, está consiguiendo que me entre el miedo al fracaso de nuevo. Menos mal que sólo me queda una para acabar mis estudios, porque si no, estaría ahora mismo a punto de tirarme por un puente.

La única cosa que me lleva fuera de este lugar es ver de nuevo sus fotos. Soy buena poniéndome excusas, ¿verdad? A fin de cuentas, ya es demasiado tarde para seguir comiéndome la cabeza por los tres temas que me quedan, así que cojo el teléfono móvil y me dedico a evadirme de mis estudios cotilleando de nuevo en su cuenta de Instagram.

Si pudiera describir a un hombre ideal, y puestos a elucubrar, el dibujo resultante sería muy parecido a él: aventurero y divertido, con una eterna sonrisa que ilumina su cara y unos ojos azules expectantes que se maravillan con todas y cada una de las cosas que entran en su campo de visión. Daniel Northonwood, fotógrafo de viajes, más conocido en las redes como @Northonwoodphoto. Tan encantador como una estrella de cine pero tan cercano que podría salir de copas con él y divertirme toda la noche. Así es él, y está para comérselo.

Pero claro, este tipo de hombres solo existe en las novelas y en las pelis románticas donde el chico maravilloso se enamora de la niña alelada de turno y son felices para siempre viviendo al límite. Y en Instagram, por supuesto, que es hoy por hoy, el mundo perfecto donde habitan mis fantasías.

Deslizo mi dedo por la pantalla y el corazón me da un vuelco. Ahí está él otra vez, compartiendo sus aventuras y las pequeñas cosas de su día a día, sin otro deseo que ser visto y hacer llegar a su cohorte de fieles seguidores sus sensaciones ante la naturaleza y las gentes que encuentra en sus viajes, lo cual, para mí, es como tener un portal mágico abierto hacia otra dimensión.

Ya quisiera yo estar ahora mismo donde está él y no metida hasta el cuello en este mar de desesperación. Su cuenta es para mí como un salvavidas al que me aferro en mis horas bajas, donde puedo compartir su particular interpretación de la vida, una vida en libertad con mil matices, situada justo en el polo opuesto de mi absolutamente penosa existencia.

Confieso, sin un ápice de vergüenza, que tengo activadas sus notificaciones y que espero impacientemente cada una de sus entradas como una fan desquiciada. Sólo así consigo trasladarme, aunque sea virtualmente, a paraísos de ensueño que me reconfortan y me dan ese chute diario que me aleja de mis responsabilidades.

Esta semana, mi adorado mochilero envía recuerdos a sus fans desde Indonesia. Así, he podido disfrutar de paisajes bellísimos, de amaneceres de fábula y de una foto suya bebiendo piña colada, en la que casi podía sentir la suave brisa con olor a salitre de esa playa dorada. Sus fotografías me traen la espiritualidad de templos lejanos, los encendidos colores de la comida especiada y el vibrante movimiento de la gente que hace su vida en mercadillos abarrotados. En todas ellas se adivina la genuina pasión que siente por la aventura, y eso lo hace todavía más atractivo.

Sonrío como una boba mientras vuelvo a recrearme en él, espiando sus publicaciones más recientes. Es increíble cómo se las apaña para ser siempre una parte más de la foto, posando como quien no quiere la cosa, mientras pasa la realidad por el filtro de su mirada curiosa y lleva la atención del encuadre sobre algún detalle que a la mayoría de personas nos pasaría inadvertido.

Pero cuando de verdad me enamora, es cuando se pone melancólico. Hoy mismo, sin ir más lejos, ha colgado una foto caminando solo hacia el horizonte, con un idílico paisaje marino bañado por el atardecer como fondo y su figura delgada recortada por la luz. Entonces se me han fundido los plomos y me ha entrado la vena soñadora, mientras todos mis sentidos se han concentrado en esa imagen y he volado a su lado un instante para caminar junto a él y cogerle de la mano en silencio.

Por eso, antes de caer rendida en mi cama, esa última miradita stalker a su cuenta me ha alegrado la noche. Esa playa merece un «me gusta» y, puestos a ser generosos, también un comentario: «es la playa más bonita que haya visto nunca. Pero tú la superas en encanto».

Como tantas otras veces, sonrío descaradamente mientras le doy al botón de enviar y sigo fantaseando con mi chico preferido a pesar del cansancio. Por otra parte, ¿a quién puede importarle ese coqueteo tan directo? La verdad, ni lo sé ni voy a ponerme a averiguarlo ahora. Todas mis estupideces quedan justificadas porque hoy, con el estrés que llevo a cuestas, ni siquiera soy persona.

De todas formas, el mensaje está enviado y yo ya he conseguido esas cosquillitas que me nacen en la boca del estómago cada vez que me pongo en evidencia en las redes sociales: una triste autocomplacencia. No sé si lo leerá, pero ahí queda eso. Alegría para mi cuerpo, eso es todo. Aun así, me gusta imaginarme la cara que pondrá al leer mi mensaje, sonriendo ante mis ocurrencias, e incluso me emociono al pensar que se le pase por la cabeza contestarme, aunque sé positivamente que jamás lo hará.

Por desgracia, este punto está más que demostrado: aunque he insistido hasta la extenuación bombardeando sus fotos con comentarios subidos de tono, nunca he tenido una respuesta suya, posiblemente, porque está demasiado ocupado quitándose a fangirls en celo como yo de encima.

Debo ser su peor pesadilla, pero me da igual. Desde que me adentro en las redes sociales estoy perdiendo el miedo y la vergüenza a la vez que gano enteros en emoción, excitación y vida. Sin embargo, con lo cobarde que soy, también sé que no podría decirle nada de eso a la cara.

En realidad a veces me siento como una acosadora, pero me consuela saber que, por mucho que me pase de la raya, mis palabras quedarán ahogadas entre una retahíla interminable de comentarios de igual calibre. Por mucho que me cueste admitirlo, para Daniel sólo soy una más.

Sea como sea, con mis patéticos intentos de llamar su atención siento que comparto con él su aventura y eso me hace feliz, aunque sea desde este oscuro cuarto, enterrada viva entre libros y apuntes. Supongo que solamente se trata de un juego, aunque por lo que a mí concierne, estoy jugando sola.

Daniel, tan lejos, tan cerca. Sé que es inalcanzable, pero, aun así, prefiero las mariposas.

Pongo a cargar el teléfono y programo la alarma para que suene a las siete: tengo que dejar ya de lado todas estas estúpidas fantasías y regresar a mi yo más racional. A estas horas he agotado todas mis reservas de energía. Confío en que los conocimientos que he adquirido, para bien o para mal, no se hayan esfumado al despertar.