Vendrías a buscarme a la puerta de mi hostal, a eso de las siete y media, con inexorable puntualidad británica.

Me darías la mano con formalidad y una sonrisa nerviosa afloraría a tu cara. Te ajustarías las gafas y te echarías el flequillo hacia atrás intentando mantener tus barreras en pie.

—Hello, nice to meet you. How are you?

—Well, thanks.

Irías vestido como todo un dandy, con un elegante blazer azul y unos pantalones oscuros ajustados que me dejarían sin aliento.

Yo llevaría unos infalibles pantalones negros, tacones altos y una blusa roja a juego con mi lápiz de labios. Haría frío. Por tanto, no olvidaría mi inseparable chaqueta de cuero.

En un primer momento habría tensión, nervios y un sentimiento extraño de saber quién es cada uno, pero sin tener, en realidad, ni idea. Así imagino que sería nuestra desvirtualización.

Caminaríamos calle abajo, entre la gente, hacia la zona más concurrida del Soho.

Tú hablarías sin parar mientras yo escucharía tu voz, reconociendo cada una de tus inflexiones.

A veces sólo podría sonreír al aire, sin entender ni una palabra, pero sabiendo en todo momento que tendría ante mí a tu yo auténtico, que no podrías ocultar más tras el anonimato de las redes sociales.

Seguramente te seguiría a cualquier parte, fascinada.

Un club de Jazz donde cenar y escuchar música hasta la madrugada sería nuestra primera parada.

Pero después de varias cervezas, te arrastraría a un tugurio donde pudiéramos cantar karaoke y lanzarnos a la pista a bailar como posesos los éxitos de los 90, que para ti son historia y para mí los recuerdos de una parte muy importante de mi vida.

Te haría bailar. Sería genial. Ambos dejaríamos atrás los complejos y nos divertiríamos. ¿Qué podría pasar?

Lo que tuviera que pasar, ya estaría a medio cocinar.

Cansados, saldríamos del local, riendo demasiado fuerte para la hora y haciendo que los vecinos se dieran la vuelta para mirarnos con cara de desaprobación. Tú me tomarías de la cintura, y el frío nos despejaría la mente. En ese preciso momento estarías tan cerca que no podría evitar besarte.

Lo haría suavemente, mirándote a los ojos, que se te podrían brillantes a causa de la sorpresa. Después, dejaría que la pasión me guiase y tú me corresponderías. Me gustaría acariciarte la nuca y revolverte el pelo. Tus ojos se clavarían en los míos y una pulsión ancestral me llevaría a querer quemar etapas a toda prisa, por si jamás te volviera a ver.

Me mirarías, sin dar crédito todavía a lo que estaría pasando. Intentarías negar tus instintos, pero sin pretenderlo, al final te rendirías.

Y lo harías porque ya no habría vuelta atrás.

—A estas horas ya no hay metro, pero podemos tomar un Uber hasta mi casa. ¿Te animas?

Te callaría la boca con un beso y mi respuesta sería sí.

Por la mañana me desperezaría entre las sábanas revueltas y un rayo de sol atravesaría la ventana victoriana de tu apartamento de soltero. Un olor delicioso a muffins recién hechos me abriría el apetito. Serías tú, cocinando para mí el desayuno, vestido únicamente con la parte de abajo del pijama que me habría encontrado puesto al despertar.

Entonces, yo buscaría a tientas mis gafas, vendría a darte un abrazo por la espalda y te besaría el hombro con delicadeza.

—El paraíso huele a ti y a tus muffins con bacon.

Mi avión saldría por la mañana y se me encogería el corazón al sentir que te perdía.

—No quiero decirte adiós.

—Te voy a echar de menos…

Al cabo del tiempo, te mandaría un tweet descarado, tanto como la noche que me llevó a dormir entre tus brazos, y tú sabrías que aquel breve espacio de tiempo en que nos reconocimos uno en el otro habría valido la pena:

«¿Sabes qué he escrito un relato erótico sobre nosotros? ¿Sabes qué podría escribir toda una vida sobre ti?»